Antes de ser un nombre de portal, Llano de Brujas fue un sitio de huerta, agua y relatos compartidos. Una de las versiones más citadas cuenta que un fraile carmelita, conocido como el Padre Tomatera, apareció aturdido tras una noche extraña: decía que las brujas lo habían llevado por el aire.
La historia tiene el exceso propio de las leyendas que sobreviven porque se vuelven a contar. El fraile, el diablo, un conjuro y una caída acabaron dejando una marca en el paisaje. Donde fue encontrado, la gente empezó a llamar El Llano de Brujas.
«Los nombres no siempre describen un lugar. A veces lo convierten en un lugar que merece ser preguntado.»
Más allá de la anécdota, el nombre abre una puerta. Recuerda que el paisaje no se compone solo de suelo, cultivo y cauce: también de los relatos que las personas eligen conservar. Y que una acequia puede ser al mismo tiempo una infraestructura, un límite y una conversación.
Una puerta de entrada al territorio
Llanodebrujas.es toma esa extrañeza como punto de partida, no como disfraz. La intención no es inventar un mundo fantástico, sino dejar que la memoria local sea una buena razón para empezar un paseo, abrir un mapa o sentarse a la mesa.
